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lunes, 11 de mayo de 2009

Batalla de Trafalgar




El 21 de Octubre de 1805, una flota británica comandada por Horacio Nelson venció a una escuadra combinada franco-española, frente al cabo de Trafalgar –lugar que dio su nombre a la batalla- entre Cádiz y Tarifa. El comandante británico Nelson murió, a bordo de su buque insignia HMS Victory, a consecuencia de las heridas recibidas en los albores del combate, lo que convirtió en triste a aquel día para ambas marinas: para la franco-española, por la muerte de muchos de sus almirantes, y por su propia destrucción; para la inglesa porque, a pesar de lograr una fabulosa victoria, perdía a uno de sus líderes militares más carismáticos y respetados de toda su historia.

Desde un principio, todo estuvo mal planteado del lado franco-español. Villeneuve –comandante de las fuerzas franco-españolas- decidió salir de Cádiz, donde estaba refugiada –y a salvo- la flota, en contra de los consejos de los almirantes españoles, que eran conscientes del peligro que suponía Nelson. Las noticias de que su sustituto al frente de la flota, enviado por un Napoleón que estaba harto de su inactividad, se dirigía a Cádiz, le hicieron salir del puerto de esta forma arriesgada, contra el consejo de sus expertos, buscando una última hazaña que le asegurara en el puesto. Una vez encontradas ambas flotas, la manera de presentar batalla planteada por Villeneuve tampoco fue la más apropiada. Nelson atacó por la retaguardia, y desarboló rápidamente la flota rival, que equivocó también las maniobras de giro. Cuando la batalla alcanzaba su momento trascendental, el francés Dumanoir decidió abandonar, junto con otras cuatro naves, lo que terminó de decantar la balanza y precipitar el desastre. Al final de la contienda sólo se salvaron cinco navíos españoles, y en un estado verdaderamente precario. Las bajas fueron cuantiosas: la flota franco-española perdió a dos mil ochocientos hombres, más de dos mil de ellos españoles, mientras que los ingleses sólo tuvieron que lamentar cuatrocientas bajas. Otros muchos, sin duda alguna, murieron poco después en los hospitales, y muchos de ellos hubieron de perecer en los naufragios posteriores. Porque el destino de muchos barcos fue más triste aún: casi todos los barcos españoles capturados por los ingleses se hundieron por una tormenta desencadenada poco después de la batalla.

Para los españoles la derrota significó que todos los esfuerzos de Godoy, encaminados a dotar a España de una poderosa marina de guerra, se iban al traste. Para Francia, la derrota significó una pérdida incalculable: su renuncia, definitiva y explícita, a una eventual invasión del Reino Unido. Para los británicos, en cambio, supuso el triunfo la consolidación de su dominio de los océanos, sustituyendo definitivamente a España en esa posición.

Cueva de la Laja Alta





La cueva de la Laja Alta es una muestre del arte rupestre en España y pertenece al conjunto de arte rupestre denominado arte sureño. Fue localizada en Jimena de la Frontera (Cádiz) en 1978 por Francisco Corbacho, vecino de esta localidad, quien puso en conocimiento de las autoridades de la Consejería de Cultura el descubrimiento. Se trata de un conjunto de arte esquemático rupestre cuyo motivo central lo constituyen un grupo de embarcaciones que podrían considerarse como una escena naval o incluso como un catálogo de navíos de época protohistórica.
Cueva de la Laja

La singularidad del abrigo, situado sobre el valle de la Garganta de Gamero, en la finca de Jateadero, podría ilustrar un elemento crucial de la cultura occidental: el encuentro de las culturas del interior del Mediterráneo, con un grado de dominio del medio ya considerable y los pueblos de cultura ibérica del sur de la Península, cuyas riquezas fueron legendarias incluso para civilizaciones como la griega, en cuya mitología se alude en no pocas ocasiones a la zona.

Es posible que el desconocido pintor tuviera que bajar al Estrecho de Gibraltar varias veces, posiblemente al puerto de la Carteia prerromana para poder plasmar con tanta precisión esas naves con mascarones de proa o de popa, de remos, a velas, o con mezcla de ambos sistemas de propulsión.

El sitio escogido para este graffiti prehistórico es significativo. En primer lugar, por la existencia de un soporte físico adecuado, un abrigo excavado por la acción erosiva conjunta del viento y el agua sobre la frágil roca arenisca, a través de un proceso que aún puede observarse in situ e indicado por la aparición de arena cuarcífera en el piso de la cueva. Pero además, desde el estrato rocoso, conocido como laja por los alcornocaleños, es posible contemplar la Bahía de Algeciras presidida por el Peñón de Gibraltar.

sábado, 18 de abril de 2009

Parque Nacional de Doñana



La Historia de Doñana puede comenzarse con los asentamientos romanos del siglo II a. C., (II d. C, según el proy. Excavaciones arqueológicas del Cerro del Trigo) que se prolongaron hasta el V d. C., dedicados fundamentalmente a la pesca y a la salazón, y que debían situarse en torno a lo que actualmente conocemos como Marismas del Guadalquivir.


Las torres almenaras se construyeron durante el reinado de Felipe II, a finales del siglo XVI y principios del XVII, y servían de protección frente a los ataques de los piratas berberiscos.

Tras la expulsión de los árabes en el siglo XIII, el rey Alfonso X el Sabio comienza la cristianización del territorio y la construcción de las primeras ermitas.

Sin embargo, no es hasta el siglo XV con la organización del territorio, cuando comienzan el dominio señorial, los primeros límites y acotamientos, y la prohibición de cualquier aprovechamiento que perjudicara a la caza.

El nombre de estas tierras se consolida un siglo después, con la construcción por parte del séptimo duque de Medina-Sidonia de un palacio para su esposa, Doña Ana Gómez de Mendoza y Silva, en pleno corazón del monte. Las tierras circundantes pronto comienzan a ser conocidas como el Bosque de Doña Ana, el Coto de Doña Ana, etc., hasta que finalmente la denominación se acorta a la que actualmente conocemos.

Después de este primer período dedicado casi en exclusiva a los recursos cinegéticos, comienza una segunda época (hacia el siglo XVIII), en la que se consolidan tres usos: la explotación forestal del bosque, el mantenimiento de las dehesas y pastos para la ganadería, y el fomento del coto como cazadero, para lo que se acondiciona de nuevo el antiguo palacio.

El interés científico y naturalista arranca en el siglo XIX, con la publicación de un catálogo de aves observadas en algunas provincias de Andalucía, realizado por Don Antonio Machado y Núñez. Es también el comienzo de una intensa búsqueda de huevos y pieles por parte de naturalistas y cazadores, lo que llega a poner en grave peligro las poblaciones de algunas especies.

En el siglo XX los nuevos propietarios de Doñana introducen especies animales, plantan pinos piñoneros y organizan monterías de forma habitual. Pocos años después, en 1940, se constituye la Sociedad Cinegética del Coto del Palacio de Doñana.

La inmensa riqueza faunística de estas tierras atrae también a ornitólogos de todo el mundo, que proponen en 1952 la internacionalización de su propiedad.

Es el comienzo de una conciencia conservacionista dentro y fuera de nuestras fronteras, que culmina en 1963 con la adquisición de unas 7.000 ha por parte del Estado Español, en colaboración con el Fondo Mundial para la Conservación de la Naturaleza (WWF) y la creación de la Reserva Biológica de Doñana.

Seis años después se crea el Parque Nacional de Doñana, que será ampliado y reclasificado por su Ley de Régimen Jurídico en 1978 y que posteriormente ha ampliado sus límites en 2004. Desde entonces, diversas figuras de protección internacional confluyen en este territorio.

Fotos de Cádiz


miércoles, 4 de febrero de 2009